El efecto de la respiración bucal en la forma y función de la cavidad bucal ha sido un tema controvertido y polémico en el campo de la ortodoncia. Desde 1860 un medico danés Meyer, ya señalaba que este habito era el causante de deformaciones en las estructuras que componen la boca.
Las hipótesis han sido muchas y muy variadas. Las más importantes corresponden en primer lugar a que la respiración bucal altera el equilibrio muscular ejercido por la lengua, mejilla y labios sobre el arco maxilar. En el respirador oral al mantener su boca entreabierta, la lengua adopta una posición baja, descendida y adelantada ubicándose en el interior de la mandíbula. De manera que el maxilar superior privado del soporte y presión de la lengua se estrecha al no poder oponerse a la presión ejercida. Disminuye y detiene el crecimiento transversal del mismo.
A esta relación causa-efecto deben sumarse los factores ambientales y hereditarios.
Los rasgos faciales típicos de estos pacientes incluyen una cara estrecha y larga, boca entreabierta en estado relajado, narinas pequeñas, poco desarrolladas y orientadas hacia el frente, labio superior corto e incompetente, labio inferior grueso y evertido, mejillas fláccidas y aparición de ojeras a causa de la poca oxigenación. En general el niño o la persona tiene el aspecto de estar enfermo o convaleciente.
Estrechez del maxilar superior y proyección del mismo hacia adelante. La mandíbula está deprimida o baja porque se mantiene durante mucho tiempo la boca entreabierta y en consecuencia el estimulo de desarrollo es bajo. Posición de la lengua baja e interpuesta entre los dientes anteriores.
Posición de la cabeza proyectada hacia adelante y poco desarrollo de la caja torácica.
Presencia de hábitos secundarios como alteraciones en la deglución.

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